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Mis días con Covid, un examen de esperanza

La vida te cambia el guión cuando menos lo esperas. Sábado 27 de Junio, me hice la prueba de Covid por despistaje y oh sorpresa, positivo. Fue el comienzo de dos semanas vividas al límite, en las que la seguridad y la certeza, antiguos compañeros de camino, fueron reemplazados por la ambigüedad y la incertidumbre.

Primeros días: valentía y miedo se entrecruzan

Comenzó una guerra agotadora entre los mensajes de mi mente, medianamente ordenada y mi corazón rebelde, que no asimilaba su nuevo contexto. Al comienzo, muy gallito yo, le decía al bicho que había elegido a la persona equivocada y que cometió un grave error al escogerme como su hotel de turno para pasar unas noches, que no tenía ni idea de con quien se había metido.

Sin embargo al día siguiente amanecí con algo de cansancio imaginario y bastaba eso para que me sienta enfermo. La mente, o la manejamos con mano firme, o es una traidora que nos puede hacer sufrir mucho. En esos días me tocaron dar algunas conferencias que me costaron mucho mantener el temple. Ponía mi mejor cara y speech de valiente, pero la procesión iba por dentro.

Y es que cuando te dicen que tienes Covid, sientes que la muerte te guiña un ojo. Pero el miedo queda, si no lo tienes, o estás con algún tornillo zafado o estás muerto. Lo importante no es que te visite y se aloje contigo, sino que no te dejes esclavizar por él, y actúes a pesar del mismo, porque el miedo paraliza, construye paredes y se come al alma.

Recordé una frase de Christopher Reeve, Superman, quien cayó del caballo y quedó hemiplégico, «Quería saber lo que me esperaba. Confieso que me daba miedo siquiera pensar en ello. Intenté controlar el pánico creciente diciéndome una y otra vez: debes pasar por este infierno, no hay otra salida. Si quieres curarte este es el precio a pagar. Ahora mismo, es horrible, pero cuando haya acabado, todo te parecerá maravilloso.» Fue entonces cuando me aferré a mi hijo y mi esposa, mis principales motivaciones, sus conversaciones y mensajes desde el otro lado del departamento, fueron la muleta que me mantuvo firme y me refugiaron de la realidad.

Días 5 , 6 y 7: Punto de quiebre

Luego de los primeros días, ya estaba tranquilo, cuando de repente, comenzó la primera granada, de lo que sería una bomba atómica. Jueves 2 de Julio, me dicen que mi mamá tenía 38.9 de fiebre. Le hicimos la prueba y salió positiva al Covid. Al poco tiempo se complica con Neumotorax. Luego de varias horas, mis valientes hermanos encontraron una clínica y la internaron por emergencia. En paralelo, mi papá con 38.5 y también positivo de Covid.

Entré en pánico, ¿Cuál sería tu primera reacción cuando te dicen que de una semana a otra tienes Covid y encima tus papás también? ¿Qué tipo de pesadilla es ésta de la que no puedo despertar? La fortaleza mental de la que tanto hablo no existió en el momento en el que más la necesité, estaba muerto de miedo y de pena. Recién al día siguiente comprendí que no podía ni debía instalarme en la melancolía, un tiempo que ya se fue, ni tampoco ganaba nada preocupándome por un mañana sin ellos, porque el futuro no había llegado. El viaje constante al pasado y al futuro dominaron mi mente hasta auto destruirme varios días. Y me di cuenta de que nada podía matarme más, que mis propios pensamientos. Cuando encontré mi brújula interior y me abracé al presente, el único con la capacidad de no quebrarme, el mejor tiempo para vivir, fui mejorando poco a poco.

En esos días las horas pasaron muy despacio, el tiempo parecía medirse con gotero, pero me di cuenta que no estaba solo. Familia y amigos entrañables me acompañaron espiritualmente y con el pensamiento todos los días, con mensajes y llamadas. Gracias infinitas!.

Del 8 al 14, Días de aceptación y las paces con la realidad

A partir del día 8, recordé un consejo de mi mentor, Santiago Alvarez de Mon, que hizo que mi conversación interior fuera cambiando, desde el tono de frustración, ansiedad y reproche por no estar con ellos, hacia otra que hablaba de serenidad, aceptación y confianza. Me enfoqué en algo que había descuidado hacerlo a conciencia esos días, la oración. Parece que a veces necesitamos asomarnos al abismo para reaccionar.

Dicen que hay que estar preparado para lo peor, esperando siempre lo mejor, pero, ¿Qué es lo mejor? ¿Lo mejor para quién? Todos me decían que se iban a recuperar, y en la oración entendí que la solución era esa, para MI, pero quizá no para ellos, que finalmente es lo importante. La palabra que más he pensado en estos meses es “esperanza” y comprendí que orar es un acto de esperanza: “Es reconocer que tenemos necesidad de Dios, que no podemos salir adelante solos ante los desafíos de la vida, que contamos con El más que con nuestros propios recursos.” J. Phillippe. El mal nunca tiene la última palabra. Esperanza, porque los que tenemos fe, No estamos solos.

Un final que continúa

Mi papá va 3 días sin fiebre, buen augurio, mi mamá sigue internada y delicada. Ambos necesitan de oraciones. “En las fronteras de la noche empieza la madrugada. No te asustes por el ruido de la tormenta, volverá a salir el sol”, dice Tilak.

Hoy termina mi aislamiento, fui asintomático, y curiosamente terminan mis 44 años y le doy la bienvenida a una nueva vuelta al sol, a un nuevo año, a una nueva vida, que como decía Voltaire “…Está llena de espinas. Y no conozco otro remedio que caminar rápido entre ellas. Mientras más tiempo pases sumergido por aquello que más te lastima, mayor poder tendrá para dañarte.” La vida sigue, toca seguir caminando, que ya amanecerá.

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